Proteger la agricultura en tiempos de pandemia

Comunidad_cusco_papa

El agro necesita una respuesta integrada e inclusiva para superar la crisis y continuar creando oportunidades de un futuro sostenible

En Perú, más de 2.2 millones de personas se dedican a la agricultura familiar, principalmente en zonas andinas como Cajamarca, Cusco y Puno. Juntas producen el 80% de los alimentos que consumen las ciudades y son las principales aliadas en la lucha contra el hambre y la desnutrición.

Pese a que cumplen un papel importante para asegurar la provisión de alimentos esenciales, generar empleo y dinamizar economías locales, el 88% de hogares rurales son vulnerables, de acuerdo a la reciente investigación de Vulnerabilidades en las Familias Peruanas del PNUD. En tiempos de pandemia, ¿qué se necesita para proteger la agricultura y a quienes viven de ella?

Cuarentena en las montañas

El último estudio del Índice de Desarrollo Humano (IDH) demuestra que existe una relación inversa entre el piso altitudinal y el desarrollo humano, pues este último va reduciéndose conforme se incrementa la altitud en el territorio. Es decir, la zona andina, que concentra 57% de la superficie agropecuaria nacional, tiene los niveles más bajos del país.

Con la agudización de la crisis sanitaria, la política de aislamiento implementada para combatir el COVID-19, coloca a las comunidades de la sierra, en especial las altoandinas y rurales, en una situación todavía más crítica pues carecen de un sistema de protección social adecuado, financiamiento y acceso a mercados.

En temporadas normales, la comunidad de Chillihuani, en Cusco trabaja cosechando papa, mashua y diversos tubérculos andinos. Foto: Jasmin Ramirez / PNUD Perú – PPD


“Estamos casi en la época de la cosecha, deberíamos estar trabajando en la chacra y buscando mercados, pero no podemos trabajar ni vender la producción porque no hay transporte. No tenemos otro tipo de ingreso económico”, señala Silvio Cacallica desde la comunidad de Ancocala, en Tacna.

Dicha región es la principal productora y exportadora de orégano del país, pero también se verá afectada. “Nosotros vendíamos a intermediarios que exportaban a Europa y Brasil, pero ahora no vamos a poder hacerlo porque no hay transporte hacia la ciudad, todo eso vamos a perder”, recalca también.

El caso de Gertrudis Mamani es diferente. En el distrito de Corani, en Puno, la comunidad logró organizarse y vender la cosecha de papa nativa al municipio para las canastas básicas familiares que está entregando el Gobierno. Esto les ha permitido conseguir un poco de ingresos para pasar la cuarentena y guardar la semilla para la próxima siembra.

“Ahora estamos en etapa de barbecho, preparando el terreno para los próximos cultivos. Podemos ir a la chacra, pero vamos uno por uno, ya no todos juntos”, asegura Gertrudis.

Los testimonios de Silvio y Gertrudis nos dan una idea de cómo viven la cuarentena nuestros agricultores en los Andes, pero son solo una muestra de los problemas que enfrenta la agricultura familiar en distintas escalas. De acuerdo a la FAO, esta se divide en tres tipos: consolidada, en transición o de subsistencia. La solución para afrontar los retos que nos deja la pandemia, debe partir desde el diseño de políticas y propuestas diferenciadas para cada uno de estos segmentos.


La agricultura familiar salva vidas

Urge tomar medidas para proteger el agro en esta emergencia, para no poner en riesgo el abastecimiento de alimentos y evitar que las brechas de desigualdad del sector rural se hagan todavía más grandes.

En primer lugar, es necesario garantizar la seguridad alimentaria de los agricultores y sus familias ya que no producen todos los alimentos necesarios de la canasta básica.

En circunstancias normales, por ejemplo, Silvio tenía que viajar 1 hora en colectivo hacia la ciudad más cercana para comprar alimentos. Ahora que no están disponibles los medios de transporte, debe caminar. “Lo peor es que tampoco hay alimentos en la ciudad, no hay aceite, ni arroz, todo está desabastecido porque lo poco que llega se acaba rápido”, señala.

Situación Similar enfrenta Jesús Melo de la comunidad de Chillihuani, ubicada en el distrito cusqueño de Cusipata. “Ahora solo tenemos papa y chuño, estamos viendo que vamos a tener que racionar la poca comida que hay para que nos alcance, tenemos que hacerlo durar”, comenta con preocupación.

Para atender este problema, en un esfuerzo intersectorial entre el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), Ministerio de Agricultura (Minagri) y Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), un millón de hogares rurales del país recibirán un subsidio económico a fin de facilitarles el cumplimiento del aislamiento social obligatorio.

Por otro lado, evitar que la actual y futura campaña agrícola se vean afectadas también es una prioridad. Para ello, el Minagri ha dispuesto destinar 600 millones de soles para reactivar el agro a través de financiamiento directo a pequeños agricultores, así como el refinanciamiento de las deudas vigentes que algunos de ellos tienen a Agrobanco y otras entidades financieras.

Los agricultores están a la espera de que se activen dichos mecanismos y puedan seguir trabajando. “No necesitamos que nos regalen dinero, necesitamos seguir trabajando, creo que es lo mejor que podrían darnos” puntualiza Silvio Cacallica, quien en 2019 recibió el reconocimiento como “Héroe del Paisaje”, que otorga el Global Landscape Forum, por liderar la recuperación de prácticas ancestrales en su asociación de agricultores.

Una red de resiliencia

Del total de la superficie agropecuaria del país, 62% es manejada por comunidades campesinas e indígenas principalmente en la sierra y la selva. Dichas comunidades, a pesar de haber sido históricamente excluidas, son guardianas de nuestra agrobiodiversidad, y poseen conocimientos ancestrales clave para fortalecer la lucha contra el cambio climático, el hambre y la pobreza.

Como país megadiverso, a lo largo y ancho del territorio existen semillas, plantas, tubérculos, hongos y animales que conforman una gran red de resiliencia de la cual depende nuestra supervivencia y que debemos resguardar. 

En temporadas normales, las mujeres de la comunidad de Ancocala se encargan de cosechar y seleccionar semillas de papa.

En toda América Latina y el Caribe, 60 millones de pequeños productores están en riesgo. Proteger la agricultura familiar es clave para superar la crisis, pero también para construir un futuro más allá de la pandemia.

El coronavirus nos sorprende justo al inicio del Decenio de las Naciones Unidas para la Agricultura Familiar (DNUAF), periodo en el que se espera poner en valor su contribución a la seguridad alimentaria y el desarrollo rural. Si enfrentamos esta situación mediante una respuesta y gestión integrada e inclusiva, el agro puede emerger como un sector que continúe creando la oportunidad de reimaginar un futuro más seguro y sostenible. Desde el Programa de Pequeñas Donaciones del GEF (PPD) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) reafirmamos nuestro compromiso de seguir acompañando a las comunidades más vulnerables en su lucha por sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos y amigables con el ambiente.

Publicado previamente en PNUD Perú.

COMPARTIR
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

Más NOTICIAS